martes, 27 de julio de 2010

Una banca, un cerezo y el amanecer

Nuevamente la lluvia caía con ímpetu sobre el árido suelo de la ciudad, que profanada por la pestilencia humana descansaba de un agobiante día. A las afueras de la jungla de cemento, un pequeño parque, con años de edad se mantenía al margen de esta inevitable corrupción, que lentamente corrompía todo a su paso. En una de aquellas bancas verdes, con la pintura gastada de tantos años con aquella lluvia sobre ella, se sentaba una sombra solitaria, intentando encontrar la poca paz que podía almacenar en su atormentado corazón. Miraba fijamente como el mar se destrozaba contra las rocas de la orilla, mientras que las gotas de agua lluvia se mezclaban con el agua salada. Sobre su cabeza había un cerezo, que lo protegía de la lluvia. Aquel cerezo había estado allí desde el primer momento en que él se había encaminado a aquel lugar que se había vuelto su templo. Agachó la cabeza mientras esperaba que la tormenta disminuyese su intensidad, pero se dio cuenta que eso era casi tan imposible como pedirle al sol que saliera de día. Su corazón guardaba sentimientos encontrados contra la humanidad que lo había criado y cuidado desde tan pequeño, mientras que su mente intentaba desvelar cosas tan magnas como el origen de todo mientras a su vez intentaba desvelar cosas tan micro como lo era el rocío de una hoja al amanecer, y no era sino por eso que estaba allí esperando, para ver el amanecer. Durante mucho, el había oído sobre la belleza de los amaneceres, en aquellos primeros instantes donde el sol ilumina un mundo que sale de las tinieblas, y pues por ello estaba allí, por un simple amanecer. Recordaba que cuando niño solía preguntar como era que el sol salía de un lado y se ponía del otro, y no fue hasta mucho después que le dieron a entender que era la tierra quien se ponía y salía, o más bien que se movía en torno al sol. Cuando le dijeron eso comprendió lo pequeño que podía ser el ser humano. Le dijeron que el humano hace cosas estúpidas por defender lo que verdaderamente importa, y después de vivir varios ejemplos, comprendió lo grande que podía llegar a ser el ser humano. Y allí estaba, divagando entre la vida y la muerte, entre la luz y lo negro, entre el bien y el mal, y cuando volvió a alzar la vista, observó un haz de luz que lo cegó durante unos momentos, un haz tan puro y fino que tuvo que usar sus manos para intentar protegerse. El cerezo se arremetía con el primer viento matutino,  mientras la luz lo envolvía como envolvía el amanecer a cada ser. Cuando el haz de luz hubo disminuido, sonrió para sus adentros, y se alegró por poder comprobar por si mismo la belleza de algo tan puro como lo era aquel amanecer, y extrañamente, sintió la misma sensación que cuando después de mucho tiempo como solía pasar, veía la sonrisa de su amada, y puedo jurar haberla visto en la espera que realizé aquella noche, sentado en una banca verde bajo un cerezo que me protegía de la lluvia.

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