Ilusiones
Una sombra que recorría los pasillos del mundo
domingo, 6 de marzo de 2011
Tiempo al tiempo
Es interesante el como todos los planetas giran en torno a un solo y gran sol que les permite seguir en aquel inquebrantable equilibrio del que en muchos milenios más saldrán seguramente, y mientras son los planetas los que giran alrededor de un gran sol, son muchos pensamientos los que giran entorno a un solo sentimiento que se vuelve mi propia realidad, mi propia galaxia en una oscuridad infinita carente de vida donde aun así, aquel sentimiento arde dándole vida a cada pensamiento y esperanza que giran a su alrededor. Me encantaría tener la oportunidad de decir lo maravilloso que podría ser este mundo si se cambiaran una o dos cosas, pero con el pasar de los días me doy cuenta de que el negro seguirá siendo negro, sin importar lo fuerte que brille el sol, y puedo sonreír frente a esta ironía, pues si es tan coincidente lo que relato, significa que todo saldrá bien mientras mantenga mi pequeño sol brillando a aquellas esperanzas y deseos que pronto me dejarán estar nuevamente a su lado.
domingo, 30 de enero de 2011
Espejismo
Aun suelo... sentarme a observar las estrellas, aun cuando se que sin importar cuanto las mire nada cambiará aquí abajo, aunque me pregunto de vez en cuando si podría ser yo una estrella, con mi propio brillo y lugar en el cielo, para así poder desligarme de tanta cosa innecesaria de este mundo. Un sentimiento tan ajeno que normalmente me llena de melancolía podría transformarse en el dulce sueño de la brasa después de arder, y sé que si fuera una estrella podría reflejar la verdadera luz que ahora opaco bruscamente para así evitar los conflictos de un mundo que ya no parece mío. Cuantas de aquellas estrellas seguirán vivas allá arriba, esperando que alguien alabe su belleza cuando ya ha dejado de existir hace siglos, y es tan misteriosa la forma en que las vueltas de la vida te dejan así, mirando el cielo cuando los pies están en la tierra, sin poder hacer nada para volar junto a aquel sentimiento que te embarga durante casi todo un día, y no es sino ahora cuando veo que una estrella es más pura que una esperanza, más verdadera que una promesa e incluso más viva estando muerta, cuando todo lo que se puede ver acá abajo se vuelve un espejismo indicándole el camino al caminante perdido.
lunes, 27 de diciembre de 2010
El silencio de la espera
A veces no tengo otra opción, y me callo entre las voces que me rodean, siento como si el guardar silencio detuviera todo lo que en esos momentos me agobia, como si detuviera el pensar, el hacer y el sentir, y siento como si mi vida parase. Todo queda flotando en una brisa de despreocupación, de felicidad... de paciencia. No suena agradable, pero para mí, en estos momentos ella es un fantasma, el cual no veo, no abrazo, no beso, no miro, no hablo, pero siento, y allí está, a mi lado cada vez que el susurro de la noche intenta azotarme. "Vamos que tu puedes", me susurra al momento de agachar la cabeza, y cuando la alzo allí está. No la veo, pero de alguna forma está allí. Me siento sin demasiadas fuerzas, y allí está de alguna forma, mostrándome alguna imagen o recuerdo que me insta a seguir, me insta a luchar, me insta a esperar. Comparado a otras cosas, no es demasiado el tiempo que tiene que pasar, comparado a esas películas en las cuales los problemas son más que uno, lo que nos pasa no es nada, y por eso espero... siempre lo hago... desde el día que dejé de verla. Es un fantasma, pero después de todo lo que me ayuda... me parece más un ángel.
martes, 27 de julio de 2010
Una banca, un cerezo y el amanecer
Nuevamente la lluvia caía con ímpetu sobre el árido suelo de la ciudad, que profanada por la pestilencia humana descansaba de un agobiante día. A las afueras de la jungla de cemento, un pequeño parque, con años de edad se mantenía al margen de esta inevitable corrupción, que lentamente corrompía todo a su paso. En una de aquellas bancas verdes, con la pintura gastada de tantos años con aquella lluvia sobre ella, se sentaba una sombra solitaria, intentando encontrar la poca paz que podía almacenar en su atormentado corazón. Miraba fijamente como el mar se destrozaba contra las rocas de la orilla, mientras que las gotas de agua lluvia se mezclaban con el agua salada. Sobre su cabeza había un cerezo, que lo protegía de la lluvia. Aquel cerezo había estado allí desde el primer momento en que él se había encaminado a aquel lugar que se había vuelto su templo. Agachó la cabeza mientras esperaba que la tormenta disminuyese su intensidad, pero se dio cuenta que eso era casi tan imposible como pedirle al sol que saliera de día. Su corazón guardaba sentimientos encontrados contra la humanidad que lo había criado y cuidado desde tan pequeño, mientras que su mente intentaba desvelar cosas tan magnas como el origen de todo mientras a su vez intentaba desvelar cosas tan micro como lo era el rocío de una hoja al amanecer, y no era sino por eso que estaba allí esperando, para ver el amanecer. Durante mucho, el había oído sobre la belleza de los amaneceres, en aquellos primeros instantes donde el sol ilumina un mundo que sale de las tinieblas, y pues por ello estaba allí, por un simple amanecer. Recordaba que cuando niño solía preguntar como era que el sol salía de un lado y se ponía del otro, y no fue hasta mucho después que le dieron a entender que era la tierra quien se ponía y salía, o más bien que se movía en torno al sol. Cuando le dijeron eso comprendió lo pequeño que podía ser el ser humano. Le dijeron que el humano hace cosas estúpidas por defender lo que verdaderamente importa, y después de vivir varios ejemplos, comprendió lo grande que podía llegar a ser el ser humano. Y allí estaba, divagando entre la vida y la muerte, entre la luz y lo negro, entre el bien y el mal, y cuando volvió a alzar la vista, observó un haz de luz que lo cegó durante unos momentos, un haz tan puro y fino que tuvo que usar sus manos para intentar protegerse. El cerezo se arremetía con el primer viento matutino, mientras la luz lo envolvía como envolvía el amanecer a cada ser. Cuando el haz de luz hubo disminuido, sonrió para sus adentros, y se alegró por poder comprobar por si mismo la belleza de algo tan puro como lo era aquel amanecer, y extrañamente, sintió la misma sensación que cuando después de mucho tiempo como solía pasar, veía la sonrisa de su amada, y puedo jurar haberla visto en la espera que realizé aquella noche, sentado en una banca verde bajo un cerezo que me protegía de la lluvia.
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